Otro sentido a la escritura.

Publicado originalmente por José Luis de Juan en "El País". Aquí tienes el enlace. 



David Foster Wallace, escritor estadounidense.
1. El narrador nato. En su relato sobre el vicepresidente que sucedió a Kennedy, Lyndon,David Foster Wallace reveló una sensibilidad especial para fijar la mirada en detalles que otros no reparan. En esa historia que es en parte ficción, pero en la que late un genuino interés ensayístico, despuntaba la lúdica obsesión por la lengua y la fascinación por desentrañar la naturaleza de las cosas del americano. Era la obra de alguien que se lo pasaba bien escribiendo. Luego su novela cumbre, La broma infinita,mostró un narrador incisivo y juguetón, lleno de ideas, tal vez demasiadas para la ficción, que no sabemos cómo hubiera evolucionado de no haber puesto fin a su vida en 2008.

2. El novelista depresivo. En el ensayo La naturaleza de la diversión, DFW argumentaba que lo más importante para un novelista es pasarlo bien, y dejaba entrever que la aparición del éxito y otros obstáculos pueden echar a perder ese don. Como le pasó a él. Llegó un momento en que dejó de disfrutar imaginando personajes, creando escenas, levantando un complicado andamiaje de símbolos y gestos que se sostuviera a lo largo de muchas palabras. Y al final, cada página arrancada a la imaginación era una tarea de Sísifo, en que ya solo lo pasaba mal escribiendo. Quizá si hubiera dejado de lado esa última novela, El rey pálido, que se le atravesó y quedó inacabada, ahora seguiría entre nosotros.
3. El observador inagotable. ¿Acaso no lo pasaba mejor escribiendo acerca de la “realidad”, sus pompas y sus obras, de forma precisa y clara, clarividente? Tenía talento para sacar punta a los aspectos más variados en torno al sexo, el deporte, la política, la misma literatura, la filosofía o la lengua inglesa. Tomemos por ejemplo su modesta hipótesis de que el sida se convirtiese a la postre en “la salvación de la sexualidad en los años noventa”. Y su intuición de que, como en los lances de los caballeros con los dragones flamígeros, esa salvación vendría gracias al factor riesgo: “Cuanto más fieros son los dragones, más serio se vuelve el sexo”.
4. El ensayista posmoderno. Un día, DFW se embarcaba en un crucero de lujo y nos contaba cosas increíbles de la manera más alucinante. Otro, se hincaba de rodillas en Wimbledon para recibir la “experiencia religiosa” de un milagroso golpe de Roger Federer. O nos convencía de que una novela, en apariencia anodina, sobre Wittgenstein podía cambiarnos la vida. O metía las narices en un festival de langostas, cuando no en la salita de la señora Thompson para asistir en un silencio piadoso de colono al horror del 11-S por la tele. No necesitaba ya de la novela para pasarlo bien.

5. El hombre que amaba el agua. Había encontrado en el ensayo otro sentido a la escritura sin tener que inventar. En ocasiones parecía que le faltaba un tornillo, pero solo era un subterfugio para disimular su estricto clasicismo. Al final todo encajaba en sus derivas ensayísticas, todo encontraba su lugar. Incluso cuando hacía enervantes listas de vocablos inventados. Porque DFW estaba dotado para discernir la sencillez en el pozo de la profundidad, en la tradición de Emerson y Thoreau. Como en Esto es agua, obra recién traducida por Javier Calvo para Literatura Random House, una conferencia para una ceremonia de graduación en la que discurre sobre la necesidad de reflexionar sobre la vida, de decidir el despertar. Hasta que un día dejó de amar el agua.