Rodrigo Fresán a dos tiempos

Publicado originalmente por Fernando Pitarro en "Moleskine literario". Aquí tienes en enlace:

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A dos tiempos, o en dos partes, podemos leer la larga entrevista de Fernando Pitarro a Rodrigo Fresán en la web “Continuidad de los libros”. Los titulares de cada una de las partes son suficientes para leer la entrevista y saber que encontraremos de todo: “Escribo como grababan los Beatles" y "Si yo fuese un escritor masivo, el mundo sería un lugar muy raro”.  Para algunos serán boutades, para otros ideas heterodoxas o fuera del lugar común, como quieran, pero la verdad es que Fresán tiene opiniones contundentes y eso se agradece siempre.
Aquí algunas respuestas:

En el libro La parte inventada, lo primero que decís es “Lo peor de todo es empezar”, ¿tenés algún método de trabajo para tener ese primer envión?
Mi método es el fracaso constante a la hora de tener un método en cada uno de mis libros. Entonces, de cada fracaso surge una especie de ritmo, muchas veces impuesto por el tema, o por la intensidad o las características del libro. No soy un tipo que se levanta y escribe una determinada cantidad de palabras. Soy más bien bastante intermitente. Lo que sí tengo que tener antes de empezar a trabajar es un título. Sin el título no puedo hacer nada, incluso muchas veces tengo el título y no sé de qué va a ser el libro y tengo que conseguir que el libro se corresponda con ese título. Así también fue La parte inventada y su título es de lo que estoy más orgulloso. No es que el libro no me guste, pero el título me parece genial.
En El fondo del cielo ya lo anunciás.
Sí, me sorprende mucho que no se le haya ocurrido a nadie ese título. Cuando me apresuré a registrarlo y a ponerlo en la solapa del libro anterior, ni siquiera había empezado a escribirlo. Cuando a mis amigos escritores les decía el nombre, se les iluminaban los ojos.
(…)
¿Te acordás cuándo se te ocurrió el título La parte inventada?
No. Cuando se me ocurren ideas muy buenas, inmediatamente olvido cómo fue que se me ocurrieron. Es como un mecanismo de defensa de mi cerebro para que yo no intente encontrar una fórmula secreta para repetir. O sea, el premio es el título y el castigo es el olvido de cómo se me ocurrió.
¿Tu método entonces es no tener método?
Ahora me he propuesto escribir dos páginas por día. Levantarme, escribir dos páginas por día, llevar a mi hijo al colegio, volver, y poder encarar el resto de la mañana con algún artículo periodístico.
(…)
¿Organizar ese supuesto caos te lleva tanto tiempo como escribirlo?
Me lleva muchísimo trabajo pero no lo percibo como un trabajo: es muy divertido. Me encanta que eso me lleve mucho trabajo. Si fuera una cosa que solucionase en un día, no sería tan divertido, aunque el resultado fuese el mismo. Es un poco como montar una película. Mientras escribía este libro, leí las memorias del ingeniero de sonido de los Beatles y yo creo que escribo un poco como grababan los Beatles, esto de escribir por capas, agregar un efecto, subir una cosa, como si fuera una mesa de edición.
Es la primera vez que tocás el tema de la paternidad directamente en un libro.
Alan Pauls escribió en Página 12 que en mis libros anteriores la infancia es el pasado, y en La parte inventada, la infancia está instalada en el presente, que probablemente sea la infancia próxima de mi hijo. El libro está iluminado por la paternidad fuera del libro pero ensombrecido por la no paternidad dentro del libro, incluso el protagonista, en un momento, decide no tener hijos.
¿Cómo cambió tu vida con la llegada de tu hijo, en lo personal y en lo profesional?
Cambió para bien. No tengo quejas y además tengo un hijo formidable. Además, él hizo la portada del libro. Me divierto mucho con él. Muchas veces me cuesta sentarme a escribir porque me gusta jugar con él, me gustan mucho los juguetes, los monstruos y, cuando no era padre, pasaba por las jugueterías y me lamentaba diciendo “qué lástima que no existían estos juguetes cuando yo era niño”. Y ahora me estoy dando cuenta de que sí existen, porque estoy volviendo a ser chico. La mitad de los juguetes que le compro a mi hijo en realidad los compro para mí. Somos los dos muy fans de las pelis de aliens. Mi mujer me pide por favor que deje de hablarle de aliens y él, del otro lado del teléfono, pide por favor que vuelva para seguir hablando de aliens. Cuando caminamos hacia el colegio vamos armando teorías sobre por qué la sangre de los aliens es ácida y quema en algunos casos y en otros no, por ejemplo. Y tenemos largas conversaciones al respecto. Una cosa que me dijo John Irving fue que cuando tengas un hijo te vas a acordar de cosas de tu infancia que pensabas que habías olvidado por completo y todo el tiempo salen a la superficie, es como que se repararan archivos que no se abrieron durante mucho tiempo. Cuando nació mi hijo me dije que tenía la coartada perfecta para no escribir porque no podría dormir por las noches y todo eso, y la verdad es que no perdí ni una noche de sueño con mi hijo. Si existiera un lugar donde uno pudiese encargar un hijo de escritor, el mío sería el hijo de escritor perfecto, le gustan los libros, tiene ideas, te deja trabajar. Sube al estudio conmigo y se pone a trabajar mientras yo escribo, en silencio, no es nada demandante. Es hijo único y es único hijo.
Algunos críticos, como Ignacio Echeverría, sostienen que tu libro “arroja un saldo final de tristeza”.
A mucha gente le pasó eso.
Bueno, no es un canto a la felicidad el libro.
Juan Ignacio Boido le pareció tristísimo y hubo gente que se preocupó por mí al leerlo. Puedo estar un poco de acuerdo pero tiene un final súper feliz porque el tipo vuelve a escribir, entonces la felicidad está fuera del libro, pero es lo que sigue.
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Una vez te preguntaron acerca de la inspiración y dijiste que tus mejores ideas te venían cuando lavabas los platos.
Es verdad, a mí todas las mejores ideas se me ocurrieron lavando los platos. Siempre. Debe tener que ver con algo de la temperatura de las manos, alguna cosa primal del agua, del líquido venimos y al líquido vamos. Se me ocurren escenas, frases, soluciones, desato nudos. Siempre tengo una libretita a mano y apunto.
¿Te parece que se puede enseñar a escribir?
No. Se puede enseñar a leer, pero no a escribir, porque se trata de un acto solitario. Te pueden dar una lista de libros y decir “tenés que leer esto”, pero…
Pero en ese aprendizaje de leer, ¿se puede aprender a escribir?
Yo creo que la escritura es un reflejo de la lectura. Cuando uno lee algo que le gusta, dice “cómo me gustaría provocarle esto mismo a alguien”. Hay un poco una cosa soberbia, narcisista, evangélica.
¿Y qué opinás de todas estas escuelas de escritura creativa que existen en el mundo?
Creo que sirven para que toda esa gente que quiere escribir se encuentre. Yo siempre supe que quería ser escritor y estuve rodeado de escritores pero, de repente, hay una persona que es hija de abogados que quiere ser escritor y sus padres están completamente en contra porque debería heredar el bufete y no tiene ningún lugar donde relacionarse, bueno, para eso sí puede servir, siempre y cuando no genere una relación adictiva y dependiente con el maestro, cuasi psicoanalítica, de que están años ahí. En algún momento, como de todo lugar, tenés que irte. Y está bueno conocer a gente que está más o menos en la tuya. También puede ser una buena manera de conocer escritores que te interesen, y también de desilusionarte.
Además hay gente que necesita que le den las cosas de manera metodológica. Yo nunca tuve ningún método de lectura: iba saltando de un libro a otro.
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Hay un vídeo en Youtube donde tenés el pelo largo y un aspecto de rock star donde decís: “Mi actividad en el quehacer comienza y termina a partir del momento, a los diez años, en el que me secuestran y me canjean por mi madre, y ahí dije, muchachos, hasta acá llegué”.
La sensación es: “yo ya di, como cuando te vienen a pedir dinero y vos decís yo ya di”. Los otros días le explicaba a Lanata en su programa de radio que yo me fui en el 99 y para mí la K mayúscula me remite a Kafka y a Charles Fosters Kane en la verja de El ciudadano. Por supuesto que sabía quién era la Presidenta y su marido, pero no mucho más.
¿Pero no te interesa la política?
Yo creo que yo no le intereso a eso, más allá de lo que yo pueda pensar, me parece que la realidad política argentina no tiene ningún interés en mí y que eso, incluso, en más de una ocasión puede haber jugado en mi contra, porque en la Argentina todo es político, todo futbolero y todo es esto contra esto y yo, al haberme ido y no estar inscripto en ninguna facción, no te digo política, sino literaria, yo ya no soy tal vez interesante.
Pero hablás con amigos, familiares, etc. y tenés una mirada de lo que aquí pasa.
Bueno, mi madre se queja mucho del Gobierno argentino, pero con mis amigos no hablo de política. Si me junto con Alan Pauls no dedicamos un segundo a hablar de la realidad del país.
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Leíste a Vonnegut antes que a Macedonio Fernández, que a Onetti, ¿qué implica esto en tu tradición literaria?
A Vonnegut lo leí a los diez años, en traducción. No sé por qué a la gente le da tanta curiosidad de un escritor argentino conformándose alrededor de escritores extranjeros. Me parece que parte de la literatura argentina es eso: todos los grandes escritores argentinos, desde Sarmiento, pasando por Borges, todos se nutren de lo extranjero.
Y cuándo estás en Argentina, ¿sentís que sos un extranjero?
No me siento que soy de acá, pero tampoco me siento que soy de España y me gusta eso de no sentirme de ningún lado. Es útil, es bueno para un escritor, aunque eso no quiere decir que desprecie a los escritores regionales, esos que sólo hablan de su casa, de su barrio, donde nacieron: cada cual que haga lo que quiera. Pero a mí me funciona mucho mejor no ser que ser.
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Cuando escribís, ¿tenés en la cabeza a algún lector imaginario?
No sé quiénes son exactamente porque además me sorprendo cuando los voy conociendo. En la Feria del Libro, por ejemplo, había una cantidad de septuagenarias que nunca hubiera imaginado como lectoras, y eso me encanta. A la hora de pensar en un lector ideal siempre digo que me gustaría que sea igual que yo, pero un poquito más inteligente. Muchos de mis lectores son muy freaks, y podría ser amigo del 99,9% de ellos. Creo que tiene que ver con que mis libros llevan muy claramente sus filias y sus fobias. Todo el mundo sabe los libros y las películas que me gustan a mí, entonces sería muy fácil empezar a conversar y hacerse amigos.
(…)
¿Tenés la sensación de que sos un escritor leído más que nada por escritores?
(Se queda callado un buen rato, duda, y finalmente, responde) Tal vez soy un escritor de muchos lectores que quisieran ser escritores. Me parece que hay en mí algo muy evangelista en cuanto a la literatura y a predicar los dones y las bienaventuranzas de ésta. Y eso le puede servir a alguien que quiere ser escritor, o le da cierto consuelo en la oscura noche del alma (ríe).
¿Y qué es lo que le cuesta predicar al evangelista?
Es un oficio en el que es imposible alcanzar la perfección. Te vas a morir en el campo de batalla salvo que te parta el rayo de una de estas enfermedades degenerativas, que me parece lo más injusto que le puede pasar, no sólo a un escritor, sino a un ser humano. Y además es un trabajo de 24 horas, nunca dejas de trabajar.
¿Cómo separás entonces la parte inventada de la parte real?
No se puede mucho, incluso muchas veces la parte real y la inventada se funden, se atraviesan y salen del otro lado alteradas, con partículas que se le adhirieron en el cruce.
Muchos dicen que el periodismo tiene adrenalina, ¿la literatura qué te genera?
Para mí el periodismo no tiene nada de adrenalina, en absoluto. Supongo que el periodismo adrenalínico será el de corresponsal de guerra, el que descubre una primicia exclusiva, pero no precisamente el periodismo cultural. Sí muchas veces hay entusiasmo pero no es lo mismo que la adrenalina y cada vez lo siento menos con el periodismo. En la literatura, en cambio, siempre tengo entusiasmo y adrenalina (ríe).
(…)
Tuviste muchas mudanzas en tu vida, más de veinte.
Tuve más mudanzas que conciertos de Bob Dylan en mi vida, que no es poco decir.
De esas mudanzas, ¿te quedó algún objeto preciado al estilo del trineo de Rosebud de Ciudadano Kane?
Tengo un caballo de porcelana, que lo compró mi tía cuando yo tenía un año, yo me puse muy pesado frente a una vidriera y empecé a pedirlo a los gritos. Yo nunca monté a caballo, nada me interesa menos, y cada vez que mi hijo se acerca a un caballo yo tengo espasmos de terror, de que el caballo se lo coma. Para mí un caballo es lo mismo que un león.
También tengo una primera edición en Rodolfo Alonso editor, de Drácula, que fue el primer libro que yo leí en versión completa y que fue muy importante para mí: tenía siete años. Hace poco hicieron un museo del escritor en Madrid y pedían objetos personales de escritores. Yo estuve a punto de entregarlo, pero me di cuenta a tiempo y no lo hice.
¿Sabés cuántos libros tenés?
No, demasiados, tengo muchos. Incluso compro libros que ya tengo: soy muy fetichista.
¿A qué lugar del mundo jamás volverías y a cuál no te cansarías de volver?
A Nueva York no me cansaría de volver nunca, es mi lugar en el mundo. Cuando llego ahí siento una especie de tranquilidad. A El Cairo, sin embargo, no volvería. No tengo nada contra el mundo árabe pero me molesta mucho el trato a las mujeres, esos hoteles donde todo es dorado, pero sobre todo ese trato a las mujeres no lo puedo soportar: van todas cubiertas, parecen personajes de Star Wars.
(…)
¿Te gusta o te molesta viajar?
Me molesta cada vez más viajar como escritor. Si bien la estoy pasando bien por este viaje, vine por obligación, porque estaba firmado en el contrato con mi editor que tenía que venir. Es bueno que de tanto en tanto, la realidad cambie tu idea previa de las cosas. Si pasara todo el tiempo sería horrible, porque sería un idiota, pero de vez en cuando está bien.
Fabián Casas nos dijo que los escritores que se creen importantes “se convierten en culones que opinan en la televisión y se olvidan de escribir”, ¿estás de acuerdo?
Estoy de acuerdo con eso, para mí el escritor opinator, tertuliano, totémico, que le ponés como una ficha y sale una tarjetita y dice cualquier cosa aforística sobre cualquier tema me disgusta profundamente. Pero también sé que el escritor cumple una función social importantísima, que es la de proporcionar historias. Yo tengo 50 años y sé que las posibilidades de que me enrole en un buque ballenero de un capitán loco al que le falta una pierna y va a cazar una ballena blanca son más bien escasas. Pero puede ocurrirme, y es muy sencillo. Con cinco ó seis euros me compro la edición de bolsillo de Moby Dick y lo vivo, y eso me parece que es importantísimo. A mí la opinión de un escritor es lo que menos me interesa en el mundo, y sobre todo si son temas extraliterarios. La opinión política de García Márquez y de Vargas Llosa me importa un cuerno, y me parece que no le hace ningún bien a sus obras. No le agrega nada y le quita algo.
Varias veces hablás de la necesidad de desaparecer: “Lo que menos me gusta es la visibilidad; cada vez me gusta más escribir y menos ser escritor”.
Ojo, yo no soy el personaje del libro: hay un 50%. De todos modos, yo desaparezco un ratito todo el tiempo, de hecho de la Argentina desaparecí 12 años. Es muy fácil desaparecer, no cuesta tanto, lo que pasa es que mucha gente dice que quiere desaparecer pero nada le interesa menos. O le interesa decir “¡ojo, voy a desaparecer y desaparezco, yupi!”.
“Todo escritor se siente culpable de algo”, dice el escritor en La parte inventada, ¿de qué se siente culpable Rodrigo Fresán?
No sé, y no sé si me interesa saberlo, supongo que seré culpable de muchas cosas.
¿Qué escritor o escritora está a tu criterio injustamente olvidado?
Creo que una gran injusticia es Juan Carlos Onetti. En las librerías no conseguís una edición de bolsillo de La vida breve, y eso me parece criminal. Bioy Casares que me parece que debería estar mucho más considerado y leído. He tenido muchos problemas por decir que Bioy Casares es mejor que Borges, y lo pienso absolutamente, sin lugar a dudas. Borges es buenísimo y es perfecto pero la perfección de Borges es una entidad inteligente artificial, de extraterrestre cibernético. Borges empieza y termina en sí mismo, Bioy, en cambio, tiene un sentimentalismo, una idea del amor, aparecen las mujeres, es muchísimo más gracioso, el humor de Borges es muy borgeano. En el plano internacional, cuando ganó el Nobel Alice Munro, me sentí muy triste por Mavis Gallant, escritora de cuentos canadiense que es infinitamente superior a Munro y que ella misma considera su maestra. Lumen hice un esfuerzo y la editó y nadie le llevó el apunte.
Odio estas preguntas, porque después me despierto a las tres de la mañana pensando en todos los que no nombré.
Otro autor desconocido es Luis Magrinyà, un autor de Anagrama formidable que ganó el Herralde pero que en España es como un misterio, como un alienígena.
¿Vos te considerás un escritor olvidado?
Yo no puedo pretender ser masivo con lo que hago, no entremos en delirios. Si yo fuese un escritor masivo con lo que hago, el planeta sería un lugar muy raro. No sé si mejor o peor, pero raro seguro.
Si estuviera en tus manos poder decidirlo, ¿a quién le darías el Nobel de Literatura?
Se me están muriendo todos. Vonnegut, Updike. Pero se lo daría Bob Dylan, creo que sería premiar al Premio Nobel y, además, convertiría el Premio Nobel en algo interesante. El Premio Nobel debería ser para los titanes.
Hablando de titanes, ¿te entristeció la muerte de García Márquez?
Estaba muy enfermo y no iba a volver a escribir otro libro. No es como la muerte de Bolaño, a él sí que lo extraño mucho y también a los libros que no llegó a escribir. Era un tipo que estaba lleno de libros, hubiera sido casi insoportable. Siempre está la duda de si un Roberto Bolaño no enfermo hubiese sido el escritor que fue, con esa potencia narradora y esa necesidad de escribir.
¿Tenés algún sueño por cumplir?
De un tiempo a esta parte, después de que fui padre, y acentuado por la crisis, quisiera no tener que pensar tanto en el dinero. Así como no me interesa el dinero y no tengo sueños desmedidos con él, quisiera no tener que pensar tanto en cuánto dinero necesito para cada cosa, y no para comprarme un yate, sino para llevar el modo de vida que quiero llevar. Yo siempre odié las matemáticas y de repente me encuentro a los 50 años haciendo muchas más cuentas de las que jamás soñé que iba a hacer en mi vida. Ese es mi sueño: dejar de hacer cuentas. Yo empecé a trabajar muy joven y me parece que el trabajo se ha desvirtuado mucho, que está muy degradado: cuando empecé a trabajar en una revista era explotado, como todo joven, me sacaban el jugo, me exprimían, pero me pagaban un sueldo que no era bueno, pero podía pagar un alquiler, vivir con mi novia, ir al cine, comprarme discos y hacer un viaje al año. Y ahora, con 50 años y muchos libros publicados, no lo puedo hacer, o lo puedo hacer, pero no lo puedo dar por descontado. Soy consciente de que soy un privilegiado, hago lo que quise hacer siempre en la vida desde que tengo memoria, vivo de eso: es lo más parecido a creer en algo. Yo no soy religioso ni practicante de ninguna fe, pero es lo más parecido a tener una especie de idea de que hay alguien a quien tenés que responder y portarte bien. Y eso implica ser buena persona y también escribir lo mejor posible, no tomarte el asunto con ligereza.